Queridos hermanos y hermanas de la Diócesis de Copiapó:

Con humildad y como un hermoso desafío, he recibido el encargo que me ha hecho el Papa Francisco al elegirme como Obispo de la Diócesis de Copiapó.

Quiero decirles que lo he aceptado en el profundo convencimiento que el único Pastor es Jesucristo y que es Él quien conduce a su Pueblo, por lo tanto nosotros tenemos que prestarle nuestra libertad, para que Él construya la historia. No somos dueños de nada, y la mayor dignidad es lavar los pies de los hermanos. También le he dicho sí al Papa, pues tengo la certeza que ningún bautizado puede restarse de la misión que Cristo nos encomienda, reconociendo nuestras deficiencias, el Señor nos invita a todos a dar siempre lo mejor que tenemos, pues a sus ojos “hasta un vaso de agua” no queda sin ser valioso para Él.

A su vez quiero pedirles que me ayuden a desempeñar mi servicio desde el servicio humilde a los hermanos. Cuento con cada uno de ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, con los laicos comprometidos, con las religiosas, religiosos, sacerdotes y diáconos, y especialmente con los más sencillos y humildes: con los enfermos, ancianos, migrantes y encarcelados, en ellos el Señor nos muestra su cercanía y presencia. Es precisamente en el descartado, en el discriminado y en el que no cuenta, donde se nos pide reconocernos comunidad de discípulos de Jesús: “solo el Amor es digno de fe”.

Como religioso mercedario, hijo de la Virgen de la Merced, deseo humildemente acercarme al desierto Atacameño, con esa luz de Cristo que lleva la Virgen de La Candelaria, siendo instrumento de la Buena Noticia de Jesús, de ese Evangelio que anunció un mercedario en el valle de Copiapó acompañando a Diego de Almagro en 1536.

A todos ustedes me debo, por ustedes me he consagrado sacerdote, pues no hay mayor alegría en el corazón humano, que entregarse por los demás, pues siempre es más lo que recibimos que lo que entregamos. Hoy Jesús nos reclama ser esa Iglesia que nos señalaba el Papa Francisco en su carta a la Iglesia en Chile: Una Iglesia que “con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo”.

Quiero pedirles también que oren por mí, para que aprenda de esos pastores sacrificados y entregados por su Pueblo, que peregrinaron como uno más junto a  ustedes en la diócesis; vienen a mi memoria y al corazón esos obispos que hicieron historia en Chile, Don Carlos Camus, Don Fernando Ariztía, verdaderos hombres de Dios, que supieron atender a los signos de los tiempos, siendo fieles al Evangelio y respondiendo a lo que el Concilio Vaticano II y las Conferencias del Episcopado Latinoamericano indicaron para nuestros pueblos. Que ellos intercedan por todos nosotros y me permitan ser ese servidor que esté siempre atento a sus necesidades.

Vivimos en nuestra patria tiempos dolorosos y complejos, la pandemia que nos azota ha golpeado y lo seguirá haciendo a muchas familias, la tristeza, el miedo y la inquietud se ciernen sobre nosotros, sin embargo, como nos recordó el Papa Francisco hace poco: …tenemos que “abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza”. Ese abrazo a Cristo nos llevará a seguir profundizando la vivencia del Amor, tendremos que seguir haciendo de manifiesto que la caridad es el distintivo de los discípulos de Jesús, en aquellos hermanos que están sufriendo por la muerte de un ser querido, o por la perdida de su trabajo.

Agradezco al P. Jaime Pizarro este tiempo al frente de la diócesis como administrador diocesano, que el Señor sepa bendecirlo por la generosidad y entrega que ha desplegado por anunciar el Evangelio.

Finalmente, me pongo a los pies de la Virgen de La Candelaria, quiero expresarle mi filial devoción y amor, con esa fe y piedad de los bailes religiosos, de esos hombres y mujeres que son un “tesoro invaluable y auténtica escuela donde aprender a escuchar el corazón de nuestro pueblo y en el mismo acto el corazón de Dios”.

A nuestra Madre, la Virgen de La Candelaria, me confío bajo su protección,  humildemente le pido que me ayude en la tarea que me encarga su Hijo Jesús en la Diócesis de Copiapó, que haga crecer mi corazón en el servicio y la entrega, que nos transforme con la fuerza del Espíritu Santo, en testigos creíbles de la Buena noticia de Jesús.

Con mucho cariño y con vivos deseos de encontrarme pronto con ustedes.

P. Ricardo Morales Galindo. O. de M.

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