“El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Jn. 4, 5-42

El primer sentimiento que se nos viene al corazón cuando nos enteramos de que Mariano Puga había partido a la Casa del Padre, fue la paz. Una paz esperanzada y agradecida, porque sin duda, Mariano es uno de nuestros grandes profetas. Una voz valiente, radical, un Juan Bautista en el desierto. Y aunque nos embarga la tristeza porque ya no lo tendremos físicamente con nosotros, nos alegramos porque ya está con Aquel a quien dedicó con profundo amor y convicción su vida.

Fue un personaje relevante en las últimas semanas, poniéndose sin asomo de duda, del lado de los jóvenes que comenzaron el estallido social. Pero sabemos bien que él siempre fue crítico, señalando con dureza y claridad las faltas de esta Iglesia nuestra, que amaba y que quería ver más fiel a Jesucristo, y también de este sistema social, político y económico tan cruel e inhumano.

Pero Mariano no es la declaración destemplada de un fanático o la voz estridente de un exaltado. No. Todas sus palabras, sus declaraciones a la prensa, sus momentos de alegría y fraternidad, que vimos a través de las redes sociales, emanaron siempre de su amor a Jesús y su evangelio. De ahí nacía el fuego de su anuncio, de este Cristo Liberador, pobre, sufriente, invisibilizado.

Gracias Mariano, por ser testimonio de este amor vivo y ardiente; porque en nuestro corazón, te hermanas a pastores gigantes, como don Fernando Ariztía. Cuando partió don Fernando, todos los que lo conocimos sentimos una honda tristeza porque ya no estaría con nosotros. Pero fue más fuerte la gratitud, la alegría por su encuentro con el Señor, la fuerza de su ejemplo. Lo mismo contigo. Tenemos la certeza de que Jesús, a quien supiste encontrar en el prójimo, te dice: Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor.

Gracias Mariano, por iluminarnos, remecernos, desafiarnos, escandalizarnos con tu radicalidad, alegrarnos con tu fraternidad. El mejor homenaje a tu memoria será el amor del pueblo de Dios, que fue el primero en reconocerte como un profeta de la justicia y de la verdad.

P. Jaime Pizarro, administrador diocesano

* Columna escrita para diario Chañarcillo

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